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BARDA

Cuento

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DISCURSO FINAL

El bar, a escasa cuadra y media del endilgado Edificio de Ciencias, era concurrido por profesores, alumnos con aires de grandeza y los intelectualoides de turno.

Los dos viejos catedráticos eligieron la mesa contra la ventana. Pidieron un par de whiskys y cenicero.

A pesar de la fría noche, dentro se estaba bien.

 -          ¡Muy buena la conferencia!

 -          Si. Acotó parcamente Fernando.

 -          ¿Nada más que Sí?

 -          Es que no soporto más. ¡Aquel mequetrefe de Umpierrez dando el broche final!. Cada vez que tomo una revista, veo los reportajes que le hacen.

 -          ¡Ahhh, por favor, Fernando, fuiste su profesor durante casi toda la carrera.!

 -          Por eso mismo, no tenés idea lo que fue aguantar su mirada bondadosa, celeste, limpia de rencor durante años.

 -          Pero... ¡cuando terminó de dar el discurso lo fuiste a saludar!. ¡No entiendo!.

 -          Eso, justamente, lo fui a saludar. Después de ocho años aún tengo grabada en la memoria los años de facultad.

 -          No es para tanto, che, vos seguiste con la docencia, el tipo se dedicó a la investigación. Un científico al que llaman de Suecia, Francia ...

 -          Ya sé, ¡por favor no lo repitas!. Estoy enterado hasta de la correspondencia que mantiene con las figuras más importantes del entorno.

Tres alumnos interrumpieron el diálogo y se acomodaron bajo la mirada apenas disimulada de fastidio de Fernando. Durante hora y media fueron cinco en aquella mesa.

Cuando quedaron solos nuevamente, con el quinto whisky en curso, Pedro se vió sorprendido por el exabrupto:

-          ¡Le hice la vida imposible!, ¡le hice...!

-          ¿Ehh?

-          Si , eso. Durante las clases, lo dejaba en ridículo frente al resto. ¿Sabés que hacía?

-          No..

-          ¡Nada! Se sentaba. Sólo me miraba. Le ponía dificultades en los parciales, lo complicaba cada vez que daba un oral. Pedro: ¡¡¡ le hice perder dos años consecutivos por la misma materia !!! ¿Que obtenía?... NADA. El tipo, siempre me trató con respeto. Jamás pude quebrarlo. ¡Y la mirada!. ¡Odié tanto esa mirada casi transparente, con la que acompañaba las malditas palabras!: Señor Profesor. Esta noche, era la gran oportunidad de Umpierrez . ¡¿Te das cuenta?! Cuando lo fui a saludar: “Umpierrez, qué grato para uno, habiendo sido su  profesor, verlo convertido en un investigador de primera línea”... Y otra vez... sus ojos buenos, celestes y esa impertérrita voz diciéndome: -“¡¡Profesor....mucho gusto!!”

 -   Te juro Pedro... Gritó con cara desencajada por la ira, llamando la atención de los demás concurrentes.

Umpierrez no fingía, cuando sacudiéndome la mano efusivamente, agregó:

 -   Disculpe, profesor, no recuerdo su apellido. 

Autor: Mariela Rodríguez

Ilustración: Guillermo Bernengo

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3 comentarios

Maicon -

Que me amen o me odien, pero que jamás me olviden, nada mas doloroso en injusto que habitar en el olvido.
Excelente Mariela como todo lo que he leído de ti hasta ahora.

juan castro -

hoy quiero referirme exclusivamente a los geniales dibujos de guillermo bernengo, quien supo plasmar con creatividad y adecuada interpretación el trascender de la narración. Realmente uno quisiera ver uno para cada cuento.

Luis Vea García -

Dicen que es mejor que hablen mal de ti, pero que hablen. Lo peor es que nadie recuerde tu nombre.Tú lo explicas perfectamente en tu cuento.
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