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BARDA

Cuento

Cuento

318 

 

La tarde caía, con sendos nubarrones pronosticando tormenta, el aire se respiraba pesado. Me cebé un mate detrás del mostrador, abrí un cajón; ahí estaba: dentro de una vieja carpeta, mi baja del ejército, mi salvoconducto, mi pasaporte a mi vida tal como la había soñado. Estudiar Veterinaria fue algo vocacional, recibirme una alegría y poner mis sentimientos al servicio de los animales una prueba, infelizmente no aprobada, hasta cuatro años después de recibido.

A los veintiocho años era veterinario de una Unidad de Caballería del Ejército. Pasé a tener la tarea de controlador en los Raid de Guerra. Fue cuando comenzó mi lucha interna. Dos años debatiéndome.

Ser controlador no me era grato, las ansias de ganar de los humanos a costa del animal me producían repulsión. Al humano no le importaba el costo, quería sobresalir, llegar, ganar. Poco afectaba llevar el caballo al límite.

Tener el poder de “liquidarlo”, si ya no respondía, fue una potestad que odié.

Por el mes de Noviembre, el día 15 exactamente, se llevaría a cabo un Raid de quinientos kilómetros; nuevamente tendría que ver un espectáculo desagradable por el cual pagaban.

La mente indicaba un camino, el corazón otro.

Más de uno de los animales comenzó a tener problemas a los doscientos y algo de kilómetros; mi atención se centró en uno especialmente fatigado.

El 318 se desplomó a tierra a los trescientos. Le diagnostiqué junto al enfermero, neumonía.

-         Habrá que matarlo, doctor

El 318, era lo más parecido a un pequeño gorrión tirado del nido, ante la mirada felina del enfermero, yo me resistía...Sus ojos ... sus ojos blandos....

-         No, lo voy a trasladar a la unidad.

-         Pero...Doctor, ¿para qué? No tiene solución

Aquel caballo fue un desafío personal y solitario, simplemente a mí me importó salvarlo. Al tener neumonía no debía estar acostado mucho tiempo sobre un lado, había que obligarlo a rotar, pararse, para que no colapsaran sus débiles pulmones. Fue una semana de trabajo y esfuerzo con éxito. Aquel trato continuo con el animal creó lazos afectivos ineludibles, incondicionales. Al entrar a la caballeriza, sentirme a su lado, relinchaba rascando sus patas en señal de reconocimiento.  

Personalmente me importaba muy poco las miradas suspicaces de los enfermeros y caballerizos cuando nos veían en pleno romance de cuidados y reconocimiento. Hacía días me sentía mal físicamente, me estaban tratando por una gripe, andaba decaído, febril.

El 2 de Diciembre, no soporté más; desde la ventana apenas pasado el mediodía (mi físico estaba extenuado) dejé vagar la mirada entre los eucaliptos sacudidos por viento que amenazaba con tormenta. Comenzó a llover, suave, pronosticando un vendaval.

Habían 16 caballos atados a una maroma armada de herraduras viejas, entre los árboles, uno de ellos era mi querido 318.

Levanté el tubo del teléfono para avisar: me marchaba a la sociedad médica. El médico de la unidad no lo tomaría a bien, pero no podía más conmigo mismo. Sería saludable hacer otra consulta.

Llegué a la sociedad médica, entre truenos, relámpagos, y una lluvia torrencial. Análisis primarios ya arrojaron resultados: Hepatitis.

Tres meses en cama, adelgacé bastante, los merengues me dejaron harto. Llegó el día de mi vuelta al trabajo, a la unidad del ejercito.

Después de una montonera de papeles aguardándome en el escritorio, decidido fui a ver al médico de la unidad.

-         Así que resultó una hepatitis...

-         Menos mal que la diagnosticaron. ¿No?

-         Sí, era lo próximo que haría. Le mandaría análisis...

-         Menos mal. Dije con aire irónico.

Dándole la espalda lo dejé con la palabra en la boca.

Lo segundo y de relevancia era ir a las caballerizas. Mi paso era apurado, pero más apremiante era del enfermero tratando de darme alcance.

-         ¡Doctor Andrés...!¡Doctor!

Jadeante llegó a mi lado, cuando comencé a observar los animales, habían nuevos caballos. Pero faltaban otros. Entre los faltantes estaba el 318.

-         ¿Que pasó acá?

-         Le voy a explicar...

-         Que sea rápido, por favor.

-         El día que usted, se retiró hubo tormenta, ¿se acuerda?. El hombre balbuceaba.

-         Perfectamente.

-         Bueno los 16 caballos quedaron expuestos a la tormenta, atados a la maroma debajo de los eucaliptos, hubo tormenta eléctrica....

Mi cara se transformaba, pasaba de la ira , al rencor, a la lástima por los caballos, los recordaba perfectamente, atados, bajo los eucaliptos.

-         Cayeron varios rayos, uno de ellos dio en la maroma. Los mató.

-         Me está diciendo, que murieron electrocutados,¿ porqué nadie de todo el batallón pudo sacarlos a tiempo?

-         Bueno, como llovía que se las pelaba, nadie quería salir. Pero yo sé Doctor como siente usted a los animales, por eso le guardé de recuerdo una herradura de su 318.

Me acompañó en silencio, me dio una especial.

Pedí la baja ese mismo día.

Mi superior me esperaba en el escritorio, me había mandado llamar.

-         Así que se va, pero Doctor..¡ por un caballo!

-         No, no es por el caballo, es por la indiferencia al dolor, que además sufrí en carne propia.

-         No es para tanto, tampoco.

-         Claro ni es su salud, ni su vocación la que está en juego.

Los ojos del hombre me incineraron, con frío del alma, de un alma vacía

-         Bueno, inútil seguir hablando, tomé acá tiene lo suyo.

Mis manos temblaron de alegría cuando tomé el papel, ese certificado que significaba la Libertad.

Autor: Mariela Rodríguez

Ilustrador: José A. Lardone (mendoza-argentina)

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